Depresión en el niño y adolescente

Por: Lic. Laura O. Carrillo Alarcón
Psicóloga Clínica y Terapeuta Familiar

El impacto de los trastornos del estado de ánimo en niños ha sido descrito respecto a la morbilidad y mortalidad, reportando que para la edad de 18 años, 14.3 % de los adolescentes han cursado con algún trastorno del estado de ánimo.

La depresión afecta de 1 a 2% de los niños de 6 a 12 años de edad y de  4 a 6% de los adolescentes de 13 a 17 años de edad (Bella, Fernández & Willington, 2010). Los niños pequeños deprimidos comúnmente tienen síntomas que aparecen menos a menudo cuando crecen. Estos síntomas incluyen alucinaciones auditivas congruentes con el estado de ánimo, síntomas somáticos, aislamiento, aspecto triste, y baja autoestima.

Los síntomas depresivos que son más frecuentes en los adolescentes tardíos que en los niños pequeños son la falta de placer o interés generalizada, retardo psicomotor grave, ideas delirantes y sensación de desesperanza.

Los síntomas que aparecen con la misma frecuencia independientemente de la edad o el estadio del desarrollo son, estado de ánimo depresivo o irritable, insomnio, disminución de la capacidad de concentración e ideación suicida. La depresión es un factor de riesgo primario para el suicidio, que es la tercera causa de muerte en los adolescentes (Kaplan & Sadock, 2004).

El estado de ánimo de los niños es especialmente vulnerable a las influencias de factores de estrés social intenso, tales como desavenencias familiares crónicas, maltrato y abandono, y fracaso escolar. Los niños con trastornos depresivos inmersos en ambientes tóxicos pueden tener remisiones de algunos o muchos síntomas cuando disminuyen los factores de estrés o cuando se les aparta del ambiente que genera las tensiones.

La depresión en la infancia es más frecuente entre niños que entre niñas. Los niños superan en número a las niñas en los consultorios psiquiátricos. La depresión en la adolescencia es más frecuente en mujeres que en varones, con una proporción de 2-3 a 1, esto puede deberse a cambios hormonales, niveles elevados de estrés o respuestas mal adaptativas al estrés, diferencias en la orientación interpersonal y experiencias de socialización.

Entre los adolescentes de la población general, aproximadamente del 0.7% al 9.8% padece trastorno depresivo mayor. Entre niños y adolescentes hospitalizados, las tasas de trastorno depresivo mayor son mucho más altas que en la población general: hasta el 20 % de los niños y el 40 % de los adolescentes están deprimidos (Kaplan, 2004).

Etiología Factores genéticos:

Los trastornos del estado de ánimo tienden a concentrarse en las mismas familias. Se encuentra una incidencia más alta entre niños de padres que sufren este trastorno, y el hecho de tener un progenitor deprimido probablemente duplica el riesgo para la descendencia. Con ambos padres deprimidos, se cuadruplica el riesgo de que el niño tenga un trastorno del estado de ánimo antes de los 18 años si se lo compara con el riesgo de niños con padres no afectados.

Factores sociales:

La valoración detallada de estresores pasados y presentes está indicada, ya que son factores de riesgo de suma importancia para este tipo de trastornos y se incluyen conflictos interpersonales o familiares; abuso verbal, físico y sexual; negligencia, o pobreza; separación o divorcio de los padres, problemas maritales de los padres, alcoholismo de los padres, muerte de los padres, así como problemas caracterizados con el apego, comunicación, conflicto, cohesión, apoyo y problemas en la crianza. Decepciones personales, fracasos, pérdidas y problemas interpersonales.

Los pacientes con depresión frecuentemente perciben una disminución del soporte social y un aumento en el sentimiento de soledad, ya que se asocian frecuentemente problemas en las relaciones interpersonales y en el desempeño escolar, así como retraso en el desarrollo social, emocional y cognitivo. También se ha asociado con un aumento en la frecuencia de comportamientos suicidas, delincuencia y uso de alcohol y drogas.

Comorbilidad:

En estudios clínicos y epidemiológicos se ha mostrado que cerca del 40 al 70% de los niños y adolescentes con depresión también cursan con otro trastorno psiquiátrico. Los trastornos comórbidos más frecuentes incluyen trastornos de ansiedad, trastornos de conducta y uso de sustancias.


El diagnóstico es más sencillo cuando el cuadro es agudo y aparece en un niño sin síntomas psiquiátricos previos. Sin embargo, a menudo el inicio es gradual, y el trastorno se manifiesta en niños que han presentado otras dificultades durante varios años, tales como hiperactividad, trastorno de ansiedad por separación o síntomas depresivos intermitentes.


Entre los síntomas obligados están el estado de ánimo deprimido o irritable, o pérdida del interés o placer. Falta de aumento de peso esperado, insomnio o hipersomnia cotidianas, agitación o retraso psicomotores, fatiga o pérdida de energía cotidianas, sentimientos inapropiados de inutilidad o culpa, disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, e ideas recurrentes de muerte.

Estos síntomas deben producir deterioro social o escolar. Los síntomas no deben ser efecto de una sustancia o de una enfermedad médica general. No se debe establecer en los 2 meses siguientes a la muerte de un ser querido, excepto cuando haya un importante deterioro en el funcionamiento, preocupaciones mórbidas con desvalorización, ideación suicida, síntomas psicóticos o retraso psicomotor.

Es probable que un episodio depresivo de los niños prepúberes se manifieste a través de síntomas somáticos, agitación psicomotora y alucinaciones congruentes con el estado de ánimo. La anhedonia es también frecuente, aunque, como la desesperanza, el retraso psicomotor y las ideas delirantes, son más frecuentes en los adolescentes y en los adultos que en los niños.

Los adultos tienen más problemas con el sueño y con el apetito que los adolescentes y los niños. En la adolescencia puede aparecer conducta negativista o francamente antisocial, y el abuso de alcohol o de sustancias ilícitas; también son frecuentes los sentimientos de inquietud, malhumor, agresión, resentimiento, reticencia a cooperar con los proyectos familiares, retraimiento de las actividades sociales y deseos de abandonar el hogar. También son comunes las dificultades en la escuela. Se pueden mostrar despreocupados por su apariencia personal y extremadamente emotivos, con particular sensibilidad al rechazo en las relaciones amorosas.

Los trastornos del estado de ánimo tienden a ser crónicos si empiezan a edad temprana. El inicio en la niñez puede ser la forma más grave de este trastorno y tiende a aparecer en familias con alta incidencia de trastornos del estado de ánimo y abuso de alcohol. Los niños tienen probabilidades de padecer complicaciones secundarias, tales como trastornos de conducta, abuso de alcohol o de otras sustancias y conducta antisocial.

El deterioro funcional se extiende a prácticamente todas las áreas del mundo psicosocial del niño; al rendimiento y la conducta en la escuela, y a las relaciones con compañeros y la familia.

El rendimiento escolar se ve afectado invariablemente por la combinación de dificultades en la concentración, lentitud del pensamiento, falta de interés y de motivación, fatiga, somnolencia, rumiaciones y preocupaciones depresivas.


Puede ser diagnosticada erróneamente como trastorno del aprendizaje. Los problemas de aprendizaje secundarios a la depresión, desaparecen cuando el niño se recupera del episodio depresivo.


Los niños y adolescentes con trastorno depresivo mayor pueden tener alucinaciones e ideas delirantes. Estos síntomas psicóticos tienen temática concordante con el estado de ánimo deprimido, aparecen en su peor momento y no incluyen cierto tipo de alucinaciones. Las alucinaciones depresivas habitualmente consisten en una sola voz que habla a la persona desde fuera de su cabeza, con un discurso suicida o despectivo. Las ideas delirantes depresivas se centran en temas de culpa, enfermedad física, muerte, nihilismo, castigo merecido, inadecuación personal y, a veces, persecución. Estas ideas delirantes son inusuales antes de la pubertad, pero son manifestadas por aproximadamente la mitad de los adolescentes con depresiones psicóticas (Kaplan, 2004).


Es difícil diagnosticar el inicio de un trastorno del estado de ánimo en la adolescencia, si el adolescente ha intentado automedicarse con alcohol u otras sustancias.


Evolución y pronóstico:

La evolución y el pronóstico dependen de la edad de inicio, la gravedad del episodio y la presencia de trastornos asociados. El pronóstico es peor si la edad de inicio es temprana y existen múltiples trastornos.

Los niños deprimidos que viven en familias con altos niveles de conflicto crónico tienen mayor probabilidad de recaídas. Los trastornos depresivos están asociados a dificultades y complicaciones a largo y a corto plazo en las relaciones con los compañeros, así como a bajo rendimiento escolar y a baja autoestima persistente. El riesgo de suicidio, que representa el 12 % de la mortalidad en la adolescencia, es significativo entre adolescentes con trastornos depresivos.

Tratamiento:

El tratamiento de los trastornos del estado de ánimo incluye el tratamiento psicosocial y el farmacológico. Dentro del psicosocial se comprende la psicoeducación y la psicoterapia.

Psicoeducación:

Son medidas dirigidas a que el paciente y sus familiares comprendan las causas, características de la enfermedad, las opciones de tratamiento y los efectos secundarios del tratamiento farmacológico. Es de suma importancia enfatizar el hecho de que la enfermedad no es una cuestión de voluntad y que el tratamiento a largo plazo no crea dependencia a los medicamentos, al mismo tiempo que orientar a los padres sobre las intervenciones ante las conductas inadecuadas de los pacientes.

Psicoterapia:

Los objetivos fundamentales son controlar la ansiedad, reforzar la regulación, mejorar la autoestima, aumentar la tolerancia a la frustración, aumentar la autonomía según la edad, incrementar la satisfacción en el trabajo de la escuela y establecer buenas relaciones con los pares. Las metas son disminuir la probabilidad de recaída desarrollando la capacidad del niño para entender sus propios sentimientos, pensamientos, y la conexión entre los sentimientos y la conducta.

Actualmente se reconoce ampliamente que la terapia cognitivo-conductual es una intervención eficaz para el tratamiento de la depresión moderada de niños y adolescentes. Tiene como objetivo poner en tela de juicio las creencias mal adaptativas y fortalecer las capacidades para resolver los problemas y la competencia social.

Los resultados de un estudio que comparó intervenciones cognitivo-conductual con psicoterapia de apoyo no directiva y terapia familiar sistémica-conductista indican que el 70 % de los adolescentes tuvo alguna mejoría con cualquiera de estas intervenciones; la intervención cognitivo-conductual logró el efecto más rápido. Entre los factores que parecen interferir con la respuesta terapéutica se incluye la presencia de un trastorno de ansiedad asociado, que probablemente existía antes del episodio depresivo.

La terapia interpersonal, es una terapia breve, centrada en las relaciones del individuo y el estado actual de las mismas. Los principales objetivos son disminuir la sintomatología afectiva y mejorar el funcionamiento interpersonal. También se ha visto que otros tratamientos “activos”, como las técnicas de relajación han sido útiles como terapias complementarias para la depresión leve o moderada.

Con información de la Secretaría de Salud.

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